El Tantra puede ser definido como un camino de liberación por medio del autoconocimiento y el entrenamiento, en todas las dimensiones del ser humano, hacia la fusión con la totalidad. Así, nos entrenamos para unirnos con nosotros mismos, con nuestra pareja, con las personas cercanas a nosotros y con el Universo que nos rodea. Esta unión se persigue aumentando la conciencia, esto es, aprendiendo a estar plenamente presentes en cada acto vital .

La presencia, en sí misma, no encierra ningún secreto ni es nada misteriosa, mágica, sobrenatural, ni se trata de un don para personas especiales o elegidas. Antes al contrario, estar presente es nuestro estado natural y se encuentra al alcance de cualquier persona. La dificultad reside en la complejidad cultural, es decir, en la gran cantidad de creencias, adaptaciones, normas y tabúes que pesan sobre el autoconocimiento y las relaciones interpersonales. Así, cuando empezamos un camino de crecimiento personal, con frecuencia no hacemos más que añadir complejidad a una mente que ya estaba agobiada, o bien nos marcamos metas muy alejadas de nuestro estado fisiológico, que nos exigen sacrificios agotadores o incluso inalcanzables. Esto puede deberse a que intentamos encajar el nuevo conocimiento o ejercicio sobre aprendizajes anteriores, sin plantearnos lo que éstos nos aportan y las carencias que presentan.
Tantra: desmontando el misterio
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Autor: Miguel de la Vega

Artículo publicado en la revista Uakix, en el especial sobre sexualidad consciente
2015-2016, disponible aquí;

www.uakix.com
En el aprendizaje de las relaciones, que comenzamos cuando apenas tenemos conciencia de nosotros mismos, nos fundamentamos en los patrones culturales en los que estamos inmersos sin darnos cuenta, así como en la versión particular de los mismos que sostiene nuestra familia; nuestra primera maestra en el arte de amar. Después, la guardería, luego los cuentos de princesas y príncipes, las películas infantiles, la escuela… una tras otra se nos van imponiendo visiones de lo que debe ser una mujer o un hombre, de las formas correctas e incorrectas de relacionarse, de las partes de nuestro cuerpo que son accesibles a todo el mundo o deben ser escondidas, de lo que puede y de lo que no puede hacerse… y sobre este entramado de normas, represiones, protecciones y castigos, construimos nuestra visión personal del amor, de las relaciones, de la sexualidad, del contacto y del sexo. No es de extrañar que busquemos a un príncipe azul de hombros muy anchos o a una princesa rosa de cintura muy estrecha, del mismo modo que esperamos que él sea fuerte, inteligente y seguro de sí mismo, mientras que ella debe ser débil, indefensa y, por qué no decirlo, profundamente estúpida. Si con estos cuentos aprendimos a leer, y con estas películas nos entreteníamos, esto fue lo que grabamos en las primeras entradas de nuestro cerebro, y esta es nuestra expectativa básica ante las relaciones.

Con semejantes cimientos, no debería sorprendernos que sigamos viviendo en un patriarcado, que la forma favorita de ligar continúe pareciéndose a la bofetada de Glen Ford a Rita Hayworth o que en televisión pueda verse tranquilamente un asesinato mientras que la visión de un pezón se considera un escándalo. Con estos roles de masculinidad y femineidad, las relaciones entre los seres humanos están demasiado mediatizadas por la cultura para volver a la naturalidad. Y de aquí nace la importancia de aprender Tantra; necesitamos simplificarnos, volver a nuestro estado natural, desmontar de nuestras mentes los prejuicios sobre género, rol y sexo. Necesitamos aprender las verdaderas diferencias entre hombres y mujeres, que provienen de una diferente dotación cromosómica que produce ciertas diferencias en el desarrollo anatómico, morfológico, fisiológico y cerebral y que, aun así, representan un porcentaje muy pequeño de la totalidad de un Ser Humano. Es necesario aprender en qué somos distintos porque nuestros cuerpos funcionan de manera diferente, buscando complementarnos y facilitar nuestra unión, y en qué nos diferenciamos porque estamos siguiendo unos patrones culturales impuestos, profundamente injustos, que buscan dividirnos y separarnos.
Una vez resueltos los fundamentos del Tantra, al encontrar cada uno su identidad natural depurada de imposiciones culturales, el entrenamiento continúa con el estudio de la relación, de los métodos de acercamiento al otro, desmontando las visiones de dominio, sometimiento, competición y, especialmente, esa funesta palabra que usamos a diario, sin caer en la cuenta de su verdadero significado: conquista . ¿Realmente el amor puede obtenerse conquistando ? ¿Con violencia? Mahatma Gandhi (1869-1948) nos dejó dicho que “lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia”. ¿En qué clase de relación esperamos vivir si la hemos iniciado luchando? Conviene reflexionar sobre esto; Si levantamos un muro a nuestro alrededor, nos condenamos a conocer solamente a escaladores . Y los escaladores, una vez llegados a la cima, permanecen en ella solo un breve periodo de tiempo, ya que llevan en su naturaleza el iniciar pronto una nueva escalada… pero en una montaña diferente. Así son muchas relaciones de pareja hoy en día; acuerdos económicos, separaciones, infidelidades, violencia doméstica, frialdad… algo está fallando en esta cultura, que construimos día a día entre todos, para que hoy se haya convertido en un lugar común decir que el amor tiene fecha de caducidad, que la pasión se agota, que nada dura para siempre.

Frente a esto, el Tantra no ofrece ninguna solución. El Tantra no es una ideología, no es un movimiento social ni es una estructura cultural. Tampoco es una forma de pensar o de actuar, no se compone de normas, ni reglas. Ni siquiera es un conjunto de técnicas ni tampoco una terapia.
Tantra es, simplemente, aprender a vivir con ternura ; ternura hacia nuestro propio cuerpo, aprendiendo a usarlo dentro de sus límites biológicos; ternura hacia nuestras emociones, aprendiendo a gestionarlas sin que nos posean ni sean reprimidas; ternura hacia nuestra mente, desaprendiendo los modos rudos y sexistas que nos hemos dejado implantar; ternura hacia nuestro espíritu, derribando los muros que nos separan y tendiendo puentes hacia los demás. La persona que practica Tantra no adquiere nada nuevo, no obtiene ningún don, no recibe ningún poder. La persona que practica Tantra, se simplifica; y al simplificarse, se relaja; y al relajarse, se comporta con dulzura, consigo mismo y con los demás. Cuando los actos cotidianos se practican con dulzura, cuando dejamos de luchar con nosotros mismos y abandonamos la constante competición por ser más, mejor o diferente, es entonces cuando dejamos espacio a la bondad natural del ser humano, es entonces cuando aparece nuestra forma natural de relación; el Amor.

Y el Amor, la Dulzura y la Ternura, son las señas de identidad del Tantra.



Granada, Noviembre de 2015